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Relatos de viajeros : CARRETERA Y DESIERTO
Enviado por Albertocolomer el 16/6/2008 14:04:45 (2704 Lecturas) Artículos del mismo redactor
Relatos de viajeros

CARRETERA Y DESIERTO

“Nadie vuelve jamás de un viaje sin estar físicamente peor,
la buena vida es la vida regular y metódica” (Lin Yutang)

Sábado 16 de febrero. Esta noche los sueños no han sido excesivamente delirantes. Uno de ellos era que a una amiga de mi juventud se le diagnosticaba una leucemia o un cáncer irreversible y todos en el pueblo la arropábamos con mucho cariño. Otro sueño era que un conocido también del pueblo decía algo contra la inmigración, refiriéndose a un 20 por ciento, no sé decir de qué, y le rebatía yo con argumentos como: “Eso que dices es ideología, es sólo una manera de pensar, y lo que yo aporto son hechos, ¡verdades cuantificables!”. También he soñado que trabajaba de camarero y me encontraba una cartera, y aunque tenía pensado devolverla, miraba por todos los sitios buscando dinero. Son sueños propios de la enfermedad y el abatimiento.
Pero mi primer pensamiento en el mundo real ha sido para Maribel. Para intentar acabar con esta desazón, le escribiré una carta en los días que me quedan de viaje y se la daré en cuanto llegue.

Desde hace algunas jornadas mantengo una vida monacal. Por el día, me muevo con el coche buscando fotografiar buenos paisajes y naturalezas muertas –coches o caravanas abandonados- y cuando cae el Sol me recluyo en un motel para descansar.
Primero he desayuno huevos fritos con bacon en el Mr Dr’Z y luego he tirado otra vez dirección Las Vegas donde, según la información de que dispongo, a unas 30 millas hay varios pueblos fantasma. He encontrado uno, Chloride, que es un museo vivo de historia y arte.
Es un tranquilo pueblo de 450 almas, que conserva algunas viviendas antiguas, como una vieja gasolinera, un auténtico resto arqueológico. Hago fotos de su cementerio, abierto a la inmensidad del desierto. Una tumba me ha turbado: a ras del suelo, sólo tenía una banderita estelada y dos cactos redondos de un palmo de altura. Sencillez, austeridad, humildad para entrar en la otra vida.
Chloride acoge en su mayoría jubilados, artistas, músicos, gente independiente. Dado que la horticultura es difícil en el desierto, en vez de flores, muchos residentes en sus jardines plantan cosas extravagantes, incluso absurdas: árboles hechos con botellas, piedras pintadas, caprichosas esculturas de metal de los escombros mineros, huesos y cactus, mucha imaginación. Todos parecen querer llegar al arte de Joan Miró, a la vanguardia del surrealismo, artista de raíces populares que fue tachado de loco al principio de su carrera.
De vuelta a Kingman he visitado el museo de la Ruta 66 y, en la plaza central he charlado con dos indigentes, John y Sam, que se dirigen en auto stop, más andando, a California, la tierra prometida de los sin techo. Sam ha insistido en hacerme una foto con el fondo de una vieja locomotora de la antigua ruta de Santa Fe, instalada en la plaza a modo de monumento. También aquí, un músico solitario, provisto de bafles y amplificador, tocaba a la guitarra temas country, pero parecía que lo hiciera sólo por afición, pues no tenía gorra para pedir. Éramos los indigentes y yo los únicos espectadores.
Iba a quedarme a dormir también hoy en Kingman, para conocer mejor la Ruta 66, en un motel donde ayer un empleado me aseguró que si era cliente podría usar gratis el ordenador de la recepción, pero cuando he vuelto esta mañana a pedir una habitación y conectarme a internet un par de horas, ha aparecido una mujer de una obesidad monstruosa –no exagero- y me ha dicho con desgana que debía pagar 15 dólares por hora para entrar en internet, el mismo precio que en un lugar público. Así que he gritado para mí: ¡Que le peguen fuego a este pueblo tan bonito, el corazón (también el trasero) de la Ruta 66!
Y he tirado millas hacia el Sur sin rumbo fijo, pero acercándome cada vez más a Phoenix, donde pasado mañana debo entregar el coche en las oficinas de Herz.
Mientras cruzaba yermos paisajes, viajando solo en busca de una felicidad imposible, huyendo de mí mismo, he recordado a mi padre, que Dios lo acoja en su gloria, y he sollozado. Cuando se juntan en mi cabeza Maribel y mi padre me invade una enorme tristeza, porque seguro que a él le hubiera gustado mucho que esta relación hubiera fructificado. Los momento anteriores a su muerte son tan emotivos para mí que nunca podría reflejarlos en el papel. Siempre intento pensar en otra cosa.
Quiero hacer una última visita a un pueblo fantasma, Signal, pero no puedo cruzar un curso de abundante agua, en lo que parecen ramblas, y a punto estoy de quedarme con el coche enterrado en la arena.
Hoy tengo el cuerpo cansado. Con la puesta de Sol he parado en la localidad de Salomé, en otro motel de mala muerte, el International Inn, por 35 dólares la noche (era mejor el Budget Inn de Kingman). Me atiende Bárbara, una extraña mujer, aunque entrañable. En la cabeza y ropa portaba luces de colores, y toda la recepción, que también es su sala de estar, además de la zona del porche, está llena de extraños ingenios eléctricos que mueven figuritas y generan luces y destellos. Que me aspen si he visto antes una persona como Bárbara, que parece vivir en otro mundo.
Ahora el resfriado me ha atacado la nariz, y estoy echando mucosidades todo el tiempo. Hoy no hacía tanto viento pero persistía el frío, así que, cuando he tenido que decidir si tiraba hacia el Norte, Flagstaff, o hacia el Sur, Yuma, no he dudado mucho. Siempre hay que ir hacia el Sur.
El Sur es calidez, vitalidad, pasión, aunque también sudor y agobio. Pero ese sudor cálido no es el que estoy sintiendo estos días, que es más frío, y por eso no me estoy curando del resfriado. Ya he acabado las pastillas que compré en Las Vegas.
Son las ocho y media de la noche, pero todavía no debo ir a dormir pues a las 4 ó 5 de la madrugada tendría ya los ojos como platos. Debo aguantar despierto hasta bien entrada la noche, aunque estoy molido. Tendré que releer “A sangre fría”, la única lectura que me he traído, pues no encuentro libros en castellano.
Es sábado por la noche, Maribel, y seguro que estarás bailando en la Black de Cambrils, donde íbamos a menudo, o en La Masía de Torredembarra. Bailar es lo que más deseabas hacer con el nuevo hombre de tu vida. Te gustaba bailar conmigo. ¿Porqué nos dejamos escapar? No hubo lucha por tu parte para evitar la separación, quizá porque ya sufriste demasiado con tu marido, que en paz descanse.
Debe de hacer frío en esta habitación, pues el galón de agua que llevo siempre conmigo está frío. Ya no siento nada. Sólo siento que mi vida sigue sin definirse, con un trabajo ingrato, inferior a mis posibilidades, sin estabilidad emocional en plena edad madura. Algo tendré que hacer.
Ahora Maribel estará radiante bailando una bachata, con sus ojazos verdes y su mirada entregada. Una mujer maravillosa que me entregó su corazón. Y yo aquí solo, en un motelucho de lo más deprimente, mirando a las musarañas. ¡pero qué patético resulto a veces! Me pregunto a veces para qué he hecho este viaje. ¿Para sacar cuatro fotos de coches abandonados en el desierto?
Pero no hago las fotos para ganar un concurso. Es sólo una afición que permanecía 15 años arrinconada, olvidada tras el viaje que hice a Grecia en el ’92, donde la foto más interesante que saqué era la de un gato sobre el alféizar de una ventana. ¡Puaj!
Mañana será el último día que podré hacer fotos interesantes, pues ya en Los Angeles y San Francisco será como en Nueva York, no valdrá la pena gastar carretes, y volveré a usar la cámara digital, que no da fotos de calidad. Pero me faltan fotos con el factor humano, pues las que he hecho hasta ahora son naturalezas muertas o fotos fáciles, atractivas en sí pero nada más, como las que hice de los personajes de Tombstone. Mañana debería atreverme a entrar, por ejemplo, en un rancho, y hacer una foto de un hombre junto a su caballo, o de toda la familia junta.
A ver qué nochecita tengo. Tengo la voz ronca y voy a ver si la endulzo con un poco de güisqui. Soy un poco burro, como los de Oatman, pues no me he provisto de un buen mapa de Arizona hasta el penúltimo día de paso por este extenso Estado.
No sé que hacer en la habitación. La televisión tiene tal aspecto decadente que ya no me esfuerzo en encenderla. No me inspiran mucha confianza el par de bares que he visto abiertos en Salomé, y no saldré a pasear por el pueblo.
Sólo puedo releer párrafos de la novela de Truman Capote. El libro está desgajado por su parte central, algo raro en mí pues acostumbro a tratar bien mis cosas. Pero es una edición mala, de Bruguera-Libro amigo, y lo digo también por su traducción. Lo compré el 21 de diciembre de 1983, según indica la primera página. Más vale haberlo leído tarde que nunca.
Con el cubata de güisqui se me ha quitado el sueño. Mejor, pues cuando me venga el sopor dormiré más profundamente, o eso espero. Son ya las 11:45 PM. ¡Vaya porquería de papel de váter! Cada vez que me sueno las narices lo atravieso con mis fluidos.
Éste es un sábado noche especial para mí, y reflexiono sin parar, como he hecho durante toda mi vida, aunque no me haya servido para nada. Recuerdo a todas las amigas que he hecho por internet. A alguna he conocido personalmente, pero han caído en el olvido como he hecho otras veces en mi vida. En “A sangre fría”, la hermana de uno de los asesinos, le dice: “Has vivido tu vida tal cual como has querido, sin preocuparte de las circunstancias ni de las personas que te querían, y podías hacer sufrir”.
Espero dormir mejor con el güisqui, pero puedo tener más pesadillas. Cuando cierro los ojos sólo veo carretera y desierto.

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Autor Hilo

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